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En este momento de mi vida, en la que el (ansiado) trabajo me tiene absorbidos mente y físico, me reencuentro intensamente con la lectura. La suerte, además, es haber topado a lo largo de este año con un gran número de títulos que bien hubieran merecido unas líneas por estos lares. De entre todo lo leído, uno de los títulos más fascinantes que ha pasado por mis manos ha sido esta autobiografía ganadora del Premio Pullitzer de biografía del año 2016. Todo empezó con un encuentro casual en la biblioteca que enlazó memorias recientes de vete-a-saber-de-dónde-me-suena-esto con la búsqueda de una guía para un viaje a Madeira. Porque finalmente esa fue la clave para que me decidiera a cogerlo, qué mejor que leer un libro donde sabes que hablarán de un lugar al que has ido o irás.

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Primero de todo podríamos definirlo como un cuaderno de viaje. Como toda la vida de su autor, desde su infancia y adolescencia entre California y Hawaii, hasta el mundo entero que finalmente surca a lo largo de su vida, ayudado obviamente por su profesión de periodista de conflicto. Porque lo primero que nos atrapa de su narración es la descripción sencilla de los lugares por los que pasa y sus gentes, esa ruta vital fascinante que comienza en las islas Hawaii y continúa años más tarde por toda una retahíla de islas polinesias a buscar entre el Pacífico en Google Maps (porque probablemente jamás las hayas oído ni mencionadas), Australia, Indonesia, Sudáfrica, San Francisco, y por último, esa esmeralda salvaje y fascinante en medio del Atlántico que es Madeira. Sintiendo cada lugar tan propio como lo siente el autor mientras allí se encuentra, mimetizado entre su naturaleza, sus olas y sus habitantes. Enfrentándose a sus peligros, a sus retos, a la propia supervivencia. Y, principalmente, sin alardear de ello en ningún momento, sin sentirse superior por aquello que vive, sin la chulería que quizás esperaríamos de alguien con vivencias tan intensas.

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En todo esto, es importante subrayar el hecho de que es un libro sobre surf. Sí, y como tal se define en su reverso. Porque el surf y la búsqueda constante de la ola es la espina dorsal en la que se apoya y la base de su narración. La guía de sus interminables expediciones, la razón para seguir o quedarse en un lugar. El hilo conductor de la vida que nos narra su protagonista. Y, a través de él, paralelamente pasan las décadas desde su nacimiento en los 50 hasta la actualidad, pasan diferentes episodios de la historia mundial, la transformación de la sociedad y del mundo, las diferentes etapas de la vida, la evolución de los sentimientos. Su ansia por surcar las olas de medio mundo, lo que le mueve por el mundo. Es su refugio, un lugar íntimo entre las olas y él, su manera de enfrentarse a las adversidades de la vida.

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Tal y como es ese mundo que construimos para nosotros mismos con nuestras propias aficiones. Esa relación íntima y personal que tenemos con aquello que nos apasiona y nos adueñamos como propio. Esa contradicción que sentimos ante el hecho de que algo que sólo conocíamos nosotros de repente gane más popularidad de la que en el fondo desearíamos. El descubrimiento público y mercantilización paulatina de nuestros paraísos personales, sean los que sean. Y todo ello unido a la suma de los años, a la madurez y la perspectiva que nos proporciona la acumulación de aventuras, a la nostalgia en la que finalmente deriva. He aquí la universalidad de lo que nos narra, donde cada uno podría sustituir el surf por aquello que le apasiona profundamente y probablemente suscribiría cada sentimiento reflejado. La clave de la profunda conexión que consigue el autor con cualquier lector que tenga delante.

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Es por ello que recomiendo encarecidamente este libro a todo aquel que guste de leer sobre viajes, experiencias, aventuras y retos. Y especialmente al que guste de hacerlo en un lenguaje claro pero trabajado, próximo al periodismo más literario. Un lenguaje que narra y describe con igual destreza y ritmo, que nos sumerge en la adrenalina del surf y nos contagia la fascinación que por él siente el autor, que nos invita a acompañarle en el devenir de la vida y nos deslumbra con los parajes en los que se desarrolla la acción. Y con él, por qué no, aprender algo sobre esa disciplina deportiva que tiene una relación tan estrecha con el mar, algo que puede resultar inspirador para todos aquellos enamorados de él.

Una pequeña joya autobiográfica.

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En 13 años de participación en la Orquesta de Cámara de la Universitat Pompeu Fabra he podido vivir multitud de momentos musicales llenos de emoción, de algunos de los cuales dejé testimonio escrito en este espacio cuando tenía más vida de la que le doy últimamente. La experiencia interpretativa es, sin duda, una de las mejores sensaciones del mundo, y más aún si es (bien) compartida, como es el caso de la participación en una orquesta. Un contexto musical en el que uno a uno formamos parte pequeña de un gran engranaje, en el que unos y otros nos escuchamos, nos correspondemos y nos complementamos, donde mientras unos llevan la melodía otros disfrutamos nutriéndola mientras esperamos a que sea nuestro turno y nos dejemos mecer por el cojín armónico que los otros sostendrán para nosotros.

Nuestro director, Diego Miguel Urzanqui, trabaja para Résonnance, una fundación suiza cuyo objetivo principal es llevar la música clásica allí donde no hay. Con esta premisa organizan recitales de diferentes formatos en lugares como hospitales, residencias de ancianos o prisiones. En este contexto, el pasado Junio por primera vez tuvimos la oportunidad de realizar uno de los conciertos de la ronda de final de curso en el Centro Penitenciario Brians 1. La intensidad de la experiencia que tuvimos todos merecía ser repetida y así hicimos aprovechando la primera ronda de conciertos de este año, con una formación de más de 30 músicos compuesta por cuerdas, oboés y trompas, acompañados además por la maravillosa violinista Alma Olite. Toda una infraestructura musical y humana con la que interpretar dos piezas brillantes de mi idolatrado Mozart: el concierto para violín y orquesta nº 5 en la mayor (también llamado “El turco”) y la Sinfonía nº 29 en la mayor.

De buenas a primeras, el hecho de hacer un concierto en una prisión topa con toda una serie de prejuicios y dilemas morales. La primera idea de tocar ante gente a la que de cruzarse contigo en la calle directamente cambiarías de acera  no deja indiferente. No admitirlo es ser hipócritas, todo sea dicho. Es por ello que el primer ejercicio a seguir es el plantearlo todo desde una perspectiva meramente humana y asumir que, finalmente, se trata de personas. Personas que han cometido sus errores y ya están pagando por ellos. Personas que, una vez apartadas de la sociedad en un lugar tan duro y oscuro como una cárcel, también merecen un pequeño momento de luz y felicidad en su día a día.

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Una vez asumido esto mismo, al atravesar todas las barreras de la prisión y pasar por sus duros controles de seguridad, con el primer impacto de haber visto a toda esa gente visitante en la sala de espera en la retina, acabamos en un pequeño auditorio con un grupo reducido de internos. Un grupo de hombres y mujeres de varias nacionalidades a través de los cuales, educadores mediante, conocimos un proyecto de lo más emocionante y esperanzador, el denominado Programa de gestores culturales.

Se trata de incentivar en los propios internos sus inquietudes culturales y que ellos mismos se encarguen de gestionar y organizarse para su realización. Que aquel que tenga una inquietud musical, por ejemplo, la lleve a cabo con la ayuda de otros compañeros con inquietudes similares y, a través de la misma, aprenda cosas nuevas, de alas a su creatividad, descubra facetas de sí mismo, reflexione y pueda llegar a seguir con ello algún tipo de terapia personal. De todos es sabido el poder del arte y la cultura para desahogarnos, mirar en nuestro interior, desconectar e incluso evolucionar personalmente.

Presenciar lo que este grupo había preparado para la ocasión y escuchar después sus pensamientos y testimonios fue toda una lección de esperanza y voluntad de cambio. Porque como ellos mismos explicaron, todo esto está abierto a todos los internos que quieran apuntarse y muestren un mínimo de compromiso, pero no todos están dispuestos a hacerlo. Es por ello que finalmente queda en manos de una minoría. Pero aún así, una minoría bendita que justifica todo el esfuerzo de los educadores y dibuja un panorama esperanzador entre la crudeza y la desesperanza con la que se ve desde fuera el mundo carcelario.

Hablar con ellos durante la barbacoa que compartimos (y que ellos mismos se encargaron de preparar) fue la última barrera a romper y, quizás, uno de los momentos más especiales de la experiencia. Una barrera que cayó al sentir en sus palabras incluso lecciones de vida y puntos en común en el aprendizaje que todos vamos realizando a lo largo de nuestra vida. Sin cuestionar, juzgar ni preguntar las razones por las que estaban ahí dentro, conversamos tranquilamente, reímos y compartimos reflexiones, tal y como lo haríamos con cualquier grupo de amigos reunidos.

Finalmente llegó la hora del concierto. Un concierto para el que un grupo de internos se había encargado de decorar con motivos musicales y referencias a Mozart el escenario. Y tal y como sucedió en Junio, las muestras de entusiasmo, entrega y agradecimiento durante y después, acompañadas por emocionantes palabras expresadas en voz alta o por escrito en la libreta de Résonance, dio aún más sentido a todo el esfuerzo y el trabajo dedicado a la preparación del repertorio. Nos mostró, de nuevo, que la música no sólo sirve para llenar de belleza el mundo. Y nosotros nos sentimos privilegiados de poder participar en ello y proporcionar a ese grupo de personas una experiencia que muy probablemente no olviden en su vida. Porque para muchos esa tarde fue aquella en la que, por un momento, volaron de sus celdas de mano de Mozart y fueron un poco más felices.

Es por todo esto que en la orquesta siempre estaremos encantados de volver a Brians 1. Porque, al final, todo lo que nos llevamos de ahí dentro nos enseña que hay posibilidad de un mundo mejor.

La avidez lectora que últimamente se ha apoderado de mí ha provocado que en una semana me haya merendado dos libros dignos de ser reseñados. El primero de todos es este clásico de la literatura japonesa escrito a principios de siglo XX pero tan universal que podemos trasladar perfectamente su trama y espíritu a nuestros días. Llegué a él trasteando por los estantes de la biblioteca, cuando lo vi al lado de otro del mismo Natsume Soseki cuyo título, Soy un gato, llamó mi atención hace tiempo gracias a una recomendación vista por internet. Decidí posponerlo, sinceramente, por verlo más largo que Botchan y por leer que este último era una de sus obras principales. Así que me incliné por tener un primer contacto con el autor más breve y significativo, por qué no.

Botchan es el nombre del protagonista, un joven tokiota marcado por una infancia y adolescencia un tanto carente de amor que, tras finalizar sus estudios de matemáticas, obtiene su primer empleo como profesor en Shikoku, una isla al oeste del archipiélago japonés. Una vez allí, se une su visión cínica y distante del mundo con una sociedad provinciana en la que tanto alumnos como profesores la toman con él en diferentes grados. Con todo ello, el autor pretende dibujar un reflejo del funcionamiento de las relaciones humanas dentro de una sociedad llena de desconfianza y  prejuicios, tanta y tantos como lo que él profesa hacia sus habitantes.

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Partiendo de esta premisa Soseki se coloca en los ojos del protagonista (un sospechoso alter ego) y nos ofrece un relato lleno de sentencias hilarantes que, en los primeros capítulos, nos provocan la risa como hacía tiempo que no veía en ningún libro. Los motes, la descripción de las emboscadas, el desprecio con el que mira al resto de personajes, su imposibilidad de adaptarse, todo ello es servido con humor y cinismo resignado, un tono que va desvaneciéndose a medida que la trama avanza dejando su aroma en el ambiente, a la vez que te hace empatizar con el protagonista y tener las mismas dudas e inquietudes que él.

Tal y como he comentado en el primer párrafo de la reseña, lo más significativo del libro es su universalidad. Porque da igual que sea Japón a principios del s. XX, podríamos creernos sin problemas una trama similar en nuestros días y en nuestro alrededor. Con otros matices temporales y culturales, obviamente, pero con su mismo espíritu. Sin llegar a los extremos descritos por la novela, todos nos hemos visto reflejados en una o varias de las situaciones presentadas, todos hemos sufrido y/o sentenciado similares prejuicios ante aquellos a los que no conocemos, y todos hemos tenido las mismas dudas y desconfianzas. Y que, seamos como seamos, más o menos sociales, más o menos emocionales, podemos ser tanto víctimas como verdugos y nos puede afectar porque, al final, somos igualmente humanos.

Por lo que he podido leer sobre la novela, se recomienda su lectura a los adolescentes, y no puedo estar más de acuerdo, ya que estoy convencida de que lo hubiera disfrutado mucho en aquel momento. Por lo que me uno a la recomendación como sugerencia para profesores de lengua de secundaria, padres o cualquiera que tenga alrededor un púber lector.

Como podéis imaginar, Soy un gato entra en mi lista de lecturas pendientes. Ya os explicaré, pero mientras tanto os dejo con algunos párrafos del libro de los que dejé indicados, reflejo de las reflexiones a los que nos invita el personaje principal con las que podemos sentirnos identificados.

“[…] si se piensa un poco, se descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con un alguien bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a despreciarlo y meterse con él. […] Las escuelas deberían enseñarte a mentir mejor, a desconfiar de los demás y a tomarle el pelo a la gente.” Capitulo 5.

“En el mundo hay personas como Bufón, a quienes les gusta meter las narices donde nadie les llama; hay otros como el Puercoespín, que piensan que Japón estaría perdido si ellos no estuvieran allí para salvarlo; algunos, como Camisarroja, que dominan como nadie la gomina y la galantería; y otros, como el Mapache, que se comportan como si fueran el vivo espíritu de la educación vestido con sus mejores galas. Todos ellos aderezados con la adecuada cantidad de vanidad.” Capítulo 7.

“¡Uno no es mejor persona por saber argumentar con habilidad!Ni se es peor por no saber hacerlo bien. […] Si el dinero, la autoridad o el intelecto pudieran comprar los corazones de la gente, las personas más queridas serían los prestamistas, los policías o los profesores de universidad.” Capítulo 8.

 

 

Si curioseáis por el blog posiblemente os encontréis con una reseña de un concierto de Yann Tiersen, el músico bretón que se popularizó gracias a sus aportaciones a la banda sonora de Amélie. Casualidades de la vida, la primera entrada en el blog referida a un concierto después de seis años corresponde al mismo músico, ya que tuve la oportunidad de disfrutarlo por segunda vez en, posiblemente, el escenario más bonito del mundo, el Palau de la Música.

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Si aquella vez me sorprendí con un festival de experimentación musical alrededor del rock y la electrónica, en esta ocasión el formato era completamente opuesto y más cercano a lo que, de primeras, esperarías de un concierto suyo. De ahí su título explícito, ya que el músico salió solo al escenario, llenando el Palau con sus melodías principalmente al piano pero también al violín, al piano de juguete y la melódica.

La excusa para esta vuelta a, en cierta manera, sus orígenes, no era ni más ni menos que presentar su próximo disco, EUSA, un trabajo que aún no ha salido (pero del que sí ha publicado sus partituras) y que consiste en piezas al piano inspiradas en su isla natal, y que interpretó en la primera parte del concierto de tres en tres acompañándolo de una ambientación pregrabada de sonidos de la naturaleza del lugar. Unas piezas que inevitablemente nos recordaban a sus creaciones anteriores al piano. De hecho, debo confesar que no sabía que correspondían al nuevo disco y interpreté el conjunto como una improvisación basada en sus canciones, de las que incluso osé reconocer algunos de los acordes del Summer 78 de la preciosa banda sonora de la no menos bonita Good bye Lenin

Toda esta primera parte nos sumió en una atmósfera relajante en la que, sin saber qué era su inspiración, no pude evitar viajar a los paisajes de Saint-Malo del libro “La luz que no puedes ver”, reciente como tengo su lectura. Al finalizar, decidió levantarse de la banqueta del piano para iniciar la segunda parte del concierto a manos del violín, justo lo que muchos esperábamos, arrancándose con Mouvement introductif del Rue des Cascades. Y de ahí, pasó a los dos pequeños pianos de juguete que había delante del escenario, para interpretar Prière n. 2 del mismo y de, ahí, de vuelta a su piano y a sus temas de siempre, tan bonitos como Le matin del Les retrouvailles; y segunda ronda de instrumentos.

Y así fue pasando una emocionante segunda parte que culminó al encadenar dos de las piezas que aparecen en la banda sonora de Amélie de esa misma manera, Le moulin a la melódica y La dispute al piano. Porque por mucho que él reniegue de su consabida participación en la misma, todos hemos tenido el deseo desde que la descubrimos de poder escuchar, al menos, alguno de sus temas en directo. Por ello quizás fue el momento más celebrado de la noche y aquel que consiguió arrancarme unas lágrimas que salieron impregnadas de recuerdos de todo lo que ha sucedido en mi vida desde que vi en el cine con 18 años la película hasta la actualidad.

Tras este emotivo momento, se despidió del escenario pero todos sabíamos que no podía hacerlo de manera definitiva hasta que no interpretara el desgarrador Sur le fil al violín, la única concesión a su etapa clásica de la que pudimos disfrutar la anterior ocasión en la que lo vi y toda una insignia de su directo, allí donde deposita todo su virtuosismo, una pieza y una interpretación con la que es imposible que no se erice cada uno de los vellos del cuerpo.

Al acabar el concierto tras el segundo bis se abrieron las luces del Palau y todos hicimos cola tranquilamente para poder salir ordenadamente observando las maravillas de ese espacio único, a la que las notas de sus últimas piezas que habían quedado en nuestras cabezas daban banda sonora. Si en la anterior ocasión la sensación final fue más impactante por su formato y su sorpresa, esta vez fue la emoción la que copó toda impresión. La emoción de habernos podido deleitar con la belleza de sus sencillas pero efectivas melodías, todas ellas con esa inconfundible marca de la casa que destilan en cada acorde, de ver su cara más íntima, más reposada, y de volver a comprobar sobre un escenario su grandeza como músico e interprete moderno. Ya fuera al piano, enfatizando unos pasajes sobre otros y jugando con el tempo, al juego de los pianos de juguete o aporreando con solvencia las cuerdas del violín rozando los límites de los acordes a cuatro cuerdas. Todo un espectáculo para el oído y para la vista (aunque, en mi caso, me encontraba en un lugar en el que no pude apreciarlo al cien por cien). Un imprescindible a cada visita.

Una de las (múltiples) cosas que me animaron a volver a escribir por aquí fue la lectura del Premio Pulitzer del año pasado “La luz que no puedes ver”, del autor norteamericano hasta ahora desconocido para mí Anthony Doerr. Debido a mis circunstancias actuales estos últimos meses he retomado con bastante avidez mi afición lectora, algo que en realidad nunca he perdido pero que reconozco que va y vuelve con diferente intensidad. Unos meses en los que me he topado con títulos de todo tipo desde pendientes como “La trama nupcial” de Jeffrey Eugenides a recomendaciones recientes como “La amiga estupenda” de Elena Ferrara, pasando por algún best seller de puro entretenimiento como “Dime quien soy” de Julia Navarro y alguna sorpresa a ciegas como la recomendable “La estratagema” de Lea Cohen, todas ellas novelas que me han hecho disfrutar en diferentes grados y de las que, cada una con lo suyo, guardo un buen recuerdo.

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Pero entre todas estas lecturas, la que se ha llevado la palma sin lugar a dudas ha sido la que titula estas líneas. Quizás porque tengo la sensación de que se trata del libro que más me ha llegado al corazón en mucho tiempo, y disculpad la cursilería de la afirmación. Escrito en un lenguaje sencillo pero de gran belleza, relata dos historias paralelas de supervivencia y descubrimiento ante las terribles circunstancias que trajo consigo la II Guerra Mundial. Desde Francia, Marie-Laure, una chiquilla ciega cuya descripción de cómo percibe el mundo alrededor con el resto de sus sentidos es tan palpable que casi lo sientes (y, personalmente, de lo que más me ha emocionado del libro). Y desde Alemania, Werner, un chiquillo huérfano con un enorme talento ingeniero que, a la vez que lo salva de un destino fijado, le lleva a formar parte del horror sin él ser totalmente consciente.

No pretendo desgranaros más la trama porque quiero que lo leáis casi tan vírgenes como yo lo hice, cuando cayó en mis manos como regalo y recomendación encarecida de mi madre. Sólo diré que es una historia que desprende amor por el conocimiento, la observación de la naturaleza, los libros y la curiosidad científica como alternativa de escape mental ante realidades adversas, rezuma ternura en las relaciones entre los personajes (especialmente la de Marie-Laure con su padre), tiene algún que otro momento especialmente crudo (no nos olvidemos de su contexto) y nos da otra (sí, de las miles que hay) visión de un período histórico tan llevado a la ficción y del que aún pueden salir grandes novelas con nuevas ideas. Una novela totalmente asequible para todo tipo de lectores, de esas capaces de poner de acuerdo a todo tipo de paladares literarios y que, pese a lo que parezca, no te deja una impresión triste.

Una novela de la que he dejado una buena colección de páginas marcadas para releer, de las cuales han salido alguno de los fragmentos que me gustaría compartir y que espero que os den el último empujón para animaros a leerla y me digáis si os han entrado tantas ganas como a mí de visitar Saint-Malo. Espero vuestras impresiones.

“Está a punto de pasarle el auricular a Jutta […] cuando oye el corto pero drástico estallido de un arco contra las cuerdas de un violín. […] Un segundo violín se acerca al primero. Jutta se acerca poco a poco al ver cómo se abren los ojos de su hermano.

El piano persigue al violín. Entran de pronto los instrumentos de viento madera, las cuerdas corren a toda velocidad, los vientos palpitan detrás. Se unen otros instrumentos. ¿Son flautas? ¿Arpas? La música se eleva, parece que va a envolverse en sí misma”  Parte 1, capítulo titulado “La radio”.

“Cuántos laberintos hay en este mundo. Las ramas de los árboles, las filigranas de las raíces, la matriz de los cristales, las calles que su padre recreaba en las maquetas. Laberintos en los nódulos de las conchas, en las texturas de la corteza del sicómoro y en el interior hueco de los huesos del águila. Nada es tan complicado como el cerebro humano, diría Etienne, seguramente el objeto más complicado que existe, un kilogramo húmedo en cuyo interior giran universos enteros.” Parte 10, capítulo titulado “Música (1)”.

Y, para finalizar, un parafraseo de una cita de Julio Verne que aparece en el capítulo titulado “Una barra de pan normal” de la parte 7: “La ciencia, amigo mío, está hecha de errores, pero se trata de errores en los que ha sido útil caer porque nos han ido acercando poco a poco a la verdad”.

Una nueva vida

Pues sí, después de seis (!!!) años de abandono de este espacio vuelvo a darle una segunda vida. No necesito más justificación que la necesidad de volver a escribir y salir del esquema estricto que me autoimpuse en la aventura blogger por la que abandoné esta, mi adorado “Music Rules Our World” que nació de otra necesidad, la de ese momento, de especializarme en sólo una de mis grandes pasiones y canalizar el resto a través de la misma. Una aventura que me ha proporcionado grandes momentos, me convirtió en exploradora musical incansable y de la que saqué toda una serie de nuevos amigos que hicieron de la experiencia algo inolvidable. Una experiencia que quedó estancada hasta que conseguí ver que en realidad lo que pedía era un paréntesis temporal para canalizar toda mi energía escritora hacia algo más cercano a este espacio.

Tras  desperezar WordPress, ver sus favorecedores cambios en cuanto a escritorio y herramientas de gestión del blog, me lanzo a la aventura y siento brotar dentro de mi cabeza mil ideas sobre las que hablar de lo que, ahora y siempre, me ha apasionado. Reviso mis anteriores textos y, tras hacer un poco de limpieza de todo aquello que ahora mismo siento que no cabe aquí, le doy esta nueva vida reflejo de la mía propia, de la que tantas cosas han cambiado desde entonces pero de la que aún conserva su esencia. Sed bienvenidos de nuevo.

Cuando buen cine y buena música se fusionan el resultado va más allá de cualquier sentimiento. La música exacerba los sentimientos que pretenden transmitir las imágenes, intensifica los momentos descritos y da lugar a una atmósfera inigualable. Todo el mundo sabe que la banda sonora es la responsable de que lloremos con las películas, que nos emocionen los musicales (si nos gustan, claro), y muchas veces hace que encumbremos nuestras cintas favoritas.

Hoy no quiero hablar de grandes bandas sonoras, me encantan, pero lo dejo para otro día. Quiero recordar varias canciones modernas que aparecen durante algunas escenas de 3 de mis películas favoritas. ¿Qué es lo que me embrujó de ellas? ¿El film, en sí? ¿O la música? Sin duda, una fusión de los dos elementos. Por desgracia, no encontré en Youtube algunas de las escenas originales en la que aparecen y sólo puedo deleitaros con las canciones, algunos de vosotros posiblemente las recordeis, otros quizás conozcais sólo la canción, y otros quizás cuando veais la cinta la próxima vez os fijaréis en ellas.

Lost in translation (Sofia Coppola, 2003):

Susurros, caricias, sueño, vistas de las deslumbrantes luces de Tokio desde un taxi, miradas perdidas. Suspiros por un amor imposible.

Sometimes – My bloody Valentine

Just like honey – The Jesus & Mary Chain

Juno (Jason Reitman, 2007):

Ternura… (siento que ni tan sólo contenga imágenes de la película… no encontré nada más)

Sea of love – Cat Power

Sencilla felicidad

Anyone else but you – Michael Cera and Ellen Page

Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000):

Qué mejor banda sonora para acompañar una auténtica revuelta.

London Calling – The Clash

Y finalmente, mi favorita. Cuánta intensidad, desfoguémonos todos junto a nuestro joven protagonista, sintamos su rabia… sintámonos libres por un momento junto a él… brillante.

A town called Malice – The Jam

Magia

La magia de verdad pervive a lo largo de los años. No entiende de edades, sólo de ilusión. Pasada, presente y futura. Se cuece en los primeros años de vida, se disfruta con ojos llenos de ilusión, tras descubrir su secreto, intentamos vivirlo como si no lo supiéramos, y cuando crecemos al fin, sigue fascinándonos toda la vida. Queremos que se transmita, que no se pierda, que todo el mundo la sienta.

Son recuerdos de espléndida felicidad. De inocencia, de grandísima ilusión, de esfuerzo a todo nuestro alrededor para que la sintiéramos. Es lluvia de caramelos, papá llevándonos estoicamente sobre su hombro, sonrisas, lágrimas, zapatitos, luces. Que tus padres consigan que te vayas a la cama temprano, no poder dormir en toda la noche y que sea el único día del año en el que madrugas sin despertador ni protestas. Y juguetes. Ansiados juguetes. Quizás también algo de carbón, a lo mejor no fuimos tan buenos este año…

Magia es que pasen los años y te emociones al ver la cara de un niño que siente todo aquello que tú sentiste.

Que hayáis tenido todos unos felicísimos reyes y que os hayan traído muchos regalos!

Me voy a atrever a definirla como una de las películas más románticas que he visto nunca. ¿Quién no ha soñado nunca con conocer al que podría ser el amor de su vida en un viaje de tren? ¿Quién no ha soñado con pasar una noche maravillosa paseando con esa persona por una ciudad como Viena, hablando con total confianza aunque la conozca de pocas horas?

Romanticismos aparte, se trata de un film sencillo en su planteamiento, con sólo dos actores principales, unos fantásticos (y jovencísimos) Ethan Hawke (guapísimo, como siempre) y Julie Delpy, donde el protagonismo absoluto está en sus diálogos. Es una de esas películas en las que hay que estar con los cinco sentidos puestos para no perder detalle de lo que se dicen. Durante hora y media, hablan y reflexionan sobre diferentes aspectos de la vida de mil maneras, intercambian puntos de vista, y consiguen que quedemos enganchados a cada palabra que se dicen, nos hacen sentir identificados con sus pensamientos, a la vez que nos hacen complices de sus miradas mutuas, de sus gestos, de su coqueteo, con una química tremenda entre ellos.

Uno de sus grandes méritos, aparte de los brillantes diálogos de los que he hablado, está en ser tan romántica sin causarnos diabetes aguda en ningún momento, algo que es muy difícil de conseguir y que la convierte en una buenísima película romántica. Resulta mágica a la vez que verosímil, y tiene un toque de inocencia juvenil que le da el encanto necesario para una historia de este tipo.

El mismo director firmó una secuela, denominada “Antes del atardecer“, en la que los protagonistas se reencuentran 9 años después en París. Sin esa inocencia, los diálogos siguen siendo los protagonistas y también, aunque de manera diferente, tiene muchísimo encanto.

Cinéfilos, dos cintas altamente recomendables.

Estos últimos años hay un tema candente que no para de crear polémica, tanto por el tema en sí como para las medidas específicas que se están tomando para “paliarlo”. Se trata de la proliferación de descargas ilegales de música, cine o series de televisión. Pocos internautas no han sucumbido a ello, tentador como es. Como era de esperar, músicos y artistas (especialmente aquellos que hace siglos que no hacen nada y viven de lo que hicieron en el pasado, qué curioso), amparados por la pirata SGAE, han saltado y siguen reivindicando que se pare esto que ellos denominan como “lacra” que amenaza con “matar la creación y la música”, con el medio que sea.

A partir de sus protestas, nacieron medidas como el injusto “canon”, que muchos entendimos como una especie de licencia para, a partir de entonces, bajarnos lo que nos viniera en gana; y el colmo, la ley anti-descargas que atenta contra las libertades individuales en internet. En países vecinos, medidas similares se están aplicando para intentar pararlo, cuando miles de trampas habrán aparecido a la vez para sortearlas.

No negaremos que lo que se hace sea ilegal, pero todo ello debe conducirnos a una reflexión dirigida hacia la industria artística: los tiempos han cambiado. Y mucho. El modelo antiguo de tienda-cd no funciona, está más que obsoleto. Internet lo revolucionó todo, y la gente no está dispuesta a pagar 17 euros por un cd que no sabe si valdrá entero lo que se ha pagado. La música está al abasto de todos, y ello ha hecho que, a mi parecer, se escuche más música que nunca. Y con ello, artistas que quizás con el modelo antiguo nunca hubieran llegado más que a cuatro, ahora llegan a más gente. Más gente que quizás esté dispuesta a pagar para verles en concierto, por lo que los ingresos pueden ser incluso superiores a los que hubieran tenido por entonces. Pero obviamente, aquí los grandes perjudicados son los grandes artistas, pobrecitos de ellos, ya no podrán pagarse sus chaletitos en Miami. Asumanlo, señores, el modelo ha cambiado, y si no se pueden pagar sus caros caprichos, pues paciencia.

La música tiene futuro, y muchísimo más del que se imagina. Iniciativas como Spotify, un software para escuchar música online con un catálogo infinito y con posibilidad legal de gratuicidad absoluta, para mí uno de los mejores inventos de este principio de siglo, o iTunes, pueden significar ese futuro. Plataformas como estas y la potenciación de los directos son medidas inteligentes para que se pueda seguir ganando dinero con la música. Se acabó el escribir una canción y vivir de ella toda la vida, algo que considero un tanto injusto (después los mismos que protestan por las patentes son los que reivindican este “derecho”…).

La verdad es que no sé muy bien cómo acabará esto. Dejen de dar palos de ciego y de luchar contra lo inevitable, y asuman el cambio. De no hacerlo, matarán de verdad la música. Esperemos que no ocurra.

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